Hace unos días recibí de un buen amigo una resma de escritos “alternativos” compilados en una antología que él llama “Diario de un Zope.” mi amigo me pidió que los publicara periódicamente, y yo – aún no sé porqué – no pude negarme. Aquí les dejo la primera entrega:
Desde hace un mes que no escribía porque me arranqué los dos dedos índices y todavía me dolía. Ha sido la estupidez más grande que he cometido, pero como no tengo nada que perder, ni empleo, ni mujer, ni casa, ni hijos, qué más da. Valió la pena ver la cara de momia embalsamada que puso mi vieja cuando puse los dedos cercenados sobre la mesa durante el almuerzo. Se levantó de un brinco entre asqueada y perturbada, lanzando espumarajos por los ojos, y estuvo a punto de caerse de la silla ¡tan exagerada! De seguro se fue llorando a su habitación a rezar diez rosarios. Ni siquiera llamó una ambulancia la infeliz como lo hubiera hecho cualquier madre con el menor aprecio por su hijo mayor. Tampoco me preguntó qué había ocurrido.
Anciana pu**, si le valgo un comino para qué diablos me engendró. Sin duda fue para atrapar marido, pero qué mal le salió la jugada, porque terminó más sola que Jesús en el sepulcro, herida en corazón como una res en el degolladero, y con un hijo más necio y tonto que un perro lujurioso, pero sin esa sonrisita cándida que a todos les causa gracia. A decir verdad, mi única gracia es mi desgracia y nada más. Si me hubiera abortado estaríamos en paz los dos y el mundo sería un lugar más próspero.
Yo mismo llamé la ambulancia. Marqué el número con el dedo anular mientras la sangre brotaba a manguerazos intermitentes. Probé mi puntería hacia los cuadros de la pared, como un niño traveseando su pistola de agua. La mujer del teléfono me preguntó cuál era mi emergencia y yo le respondí que me había cortado dos dedos, uno en cada mano. Cómo se los cortó, me preguntó y yo con gran sinceridad le dije que me los corté convencido de que no me traería ningún problema más grave que los que ya tenía, y que por el contrario me daría un atractivo tema para entablar conversaciones con las babies, usted sabe, para ligar. Me colgó y entonces decidí arrinconarme en la cocina hasta morirme, y así estuve acurrucado con la mirada fija en una cucaracha muerta pero con mejor suerte que yo y no por estar muerta sino por haber nacido cucaracha, hasta que mi cabeza comenzó a flotar e hincharse, y mis brazos se helaron como los de un cadáver, y mi ojos se llenaron de estrellas y vacío.
Desperté mil años después en la cama de un hospital, acompañado por mi madre y por otros cinco ancianos desahuciados, todos con mejor suerte que la de mi madre y no por estar desahuciados sino por no tener un hijo como yo. ¡Porqué me salvaste vieja estúpida! Le reclamé. ¿No te bastó con darme la vida y ahora me la quieres prolongar? Después de un minuto de un silencio vomitivo, me acerqué a ella para besarla y le di un fuerte abrazo. Ambos lloramos los siete océanos. Yo tenía las manos vendadas como las de un boxeador, y por más que intentaron con sanguijuelas y cirugías plásticas avanzadas no lograron coserme de nuevo los dedos. Lo único que recibí fueron tres puntadas en cada nudillo huérfano para cerrar los orificios, y por más que insistí los médicos se negaron a entregarme los dedos en formalina. ¿Para qué los quiere? Me preguntó la doctora con la pesadez de voz de alguien que no disfruta su trabajo. Para regalárselos a Merceditas, una pu** amiga, a cambio de una buena mamada, le respondí.
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1 COMENTARIO
QUE HORRIBLE BICHO LOCO! Lunatico