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En la mañana del viernes 24 de abril la vida cambió para los habitantes de la llamada “Ciudad más grande del mundo”, nos privó el desconcierto cuando tuvimos que adoptar un elemento mas para uso cotidiano como los lentes, el celular, el ipod, la mochila o el libro: el famoso tapa o cubre bocas o mascarilla.
No es que sea una moda importada, no, de imprevisto nos vimos forzados a resguardar boca y nariz para no contraer la influenza porcina. Bueno, hasta entonces los estultos creíamos en esa idea falaz, cuando es todo lo contrario el cubre bocas se utiliza para no esparcir virus al hablar, respirar o estornudar.
De entrada la sensación de incomodidad, inhalar y exhalar empañaba las gafas oscuras, instrumento de primerísima necesidad para los que vamos despertando a las diez de la mañana, luego, la resequedad de los labios, el vapor formando gotas en la punta de la nariz, el aire caliente circulando en las fosas nasales, un suplicio al fin necesario: o eran los ojos o la vida.
Al llegar al metro la confusión ¿cómo tomar el café americano o expreso usando el dichoso cubre bocas?, una alteración grave de la rutina, ni modo de quitárselo y menos acá, el asunto equivale a arrojarse del risco con un paraguas, lástima, la emergencia lo amerita, mejor dormir oyendo música.
Después la sorpresa, menos de la tercera parte de los que viajamos en el vagón usa cubre bocas, pobres, pensamos, ni siquiera se enteraron del virus, no saben que el calor cultiva lo inimaginable, el ambiente no era para sentirse en un quirófano pero al menos el intento se hace.
Entonces experimentamos lo que un can con bozal, los movimientos faciales se reducen dramáticamente, intentamos hablar pero nuestra voz se escucha tenue, no nos oyen, decimos permiso y no se quitan, nos tenemos que bajar.
Día 2
Las mañas se aprenden rápido, hay que deshacerse cuanto antes del cubre bocas, salimos a la calle y respiramos libremente, claro, es un decir, en la Ciudad de México pretender aspirar aire puro es una utopía.
Por la tarde descubrimos que el vaho del cubre bocas tiene un efecto clorofórmico, mientras usted lo use contribuirá a que la epidemia no se convierta en pandemia y se puede arrullar hasta llegar adonde tiene que llegar.
Día 3
El cubre bocas se porta con estilo: los hay de colores tradicionales verde, azul y blanco y con tonos pastel, celeste, lila y rosa, estos asemejan a toallas sanitarias, se ven delicados, suaves, los exhiben ellas como una pieza más de su artillería.
Ellos, algunos, usan mascarillas industriales como suspensorios de beisbolista, ¿qué se sentirá traer los tanates en la cara?, a lo más que hemos llegado es a sentirlos en la garganta, los gemelos mas bien mellizos acompañando a la manzana de Adán, pero faltarían unos diez o quince centímetros para alcanzar a la nariz, de cualquier manera es una muestra inútil de virilidad, la apariencia ruda del chilango de hoy.
Día 4
Los cubre bocas se agotaron en la Ciudad de México, la epidemia crece, ¿habrá cabida para la esperanza o tendremos que usar máscaras antigás?.
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